Inmersos en la vorágine de la post modernidad hemos sido testigos y protagonistas de los vertiginosos avances en ciencia y tecnología que colocan a nuestra especie en condiciones objetivas para elegir un rumbo promisorio que nos permita cristalizar en la vida cotidiana las legítimas y milenarias aspiraciones de alcanzar el bien común y la justicia social.


Asimismo hemos logrado consensuar desde hace ya más de dos siglos, derechos humanos fundamentales fincados en la concepción de que los seres humanos nacemos libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como estamos de conciencia y razón, tenemos el deber de comportarnos unos con otros fraternalmente.

Precisamente si la fraternidad es el más puro de los sentimientos que emana de la esencia de cada uno de nosotros volcándonos hacia la comunión con quienes nos rodean, encontraremos que su praxis es una condición insustituible para transitar hacia el bienestar físico, intelectual y espiritual de todos.

Sin embargo, los derechos humanos son violentados sistemáticamente desde el seno de las instituciones socializadoras fundamentales, como la familia, la escuela y la comunidad, hasta el seno de organismos internacionales que aglutinan a las naciones del orbe.

Lo antes señalado erosiona las relaciones en todos los campos de la comunicación humana y produce espirales de conflictos que culminan con ambientes turbulentos y una violencia que se generaliza y termina por hacernos sucumbir ante las más nobles aspiraciones de coexistencia pacífica, convivencia armónica y paz social.

Percepciones erróneas de nosotros mismos, de nuestras relaciones y de los demás; necesidades obstruidas o ignoradas; el ejercicio abusivo del poder; un individualismo egocéntrico y la acentuación de conflictos internos, son detonadores de la violencia y paradójicamente estos pueden ser desactivados a través de diálogos asertivos, empáticos y flexibles, cuyo sustrato es simple y sencillamente la interacción fraternal.

Es en este contexto en el que durante los últimos cuatro congresos mundiales de mediación, hemos convocado a la comunidad internacional para encontrarnos en un espacio apreciativo, donde dialoguemos sobre las ventajas de la mediación como movimiento de paz y de concordia social, en cuya esencia, yace la inclinación congénita de todos los seres humanos de resolver nuestros conflictos a través de interacciones armónicas.

La tendencia a que la violencia –producto de construcciones sociales alienantes– continúe extendiendo sus redes depredadoras, compromete a todos los habitantes de nuestra aldea global a encontrar estrategias suficientes y eficaces para contener y diluir los factores que concurren en el abordaje destructivo de los conflictos.